lunes, marzo 31, 2014


(Artículo publicado el viernes 28 de marzo de 2014 en la edición balear del diario El Mundo).

La belleza está en la mirada

Probablemente les habrán visto en algún concierto o exposición, en Palma o en cualquier rincón de la part forana donde se celebre algún evento cultural relevante y que tenga algo que ver con el rock, la contracultura o el underground. Él, más discreto y en un segundo plano, con su coleta canosa y sus gafas, pasando desapercibido pero sin perder un detalle de lo que está ocurriendo a su alrededor. Ella, en primera fila, sacando fotos a diestro y siniestro con su cámara. Vestidos casi siempre con camisetas de grupos, escogidas con un gusto exquisito e, indefectiblemente, varias tallas más grandes de las que serían adecuadas a su complexión.

En Sa Pobla, donde pasan largas temporadas desde hace muchos años, los llaman “ets suïssos”. Sus nombres son Catherine y Nicolas Ceresole, y efectivamente son suizos y pasan gran parte del año en Sa Pobla, donde cuentan con el cariño incondicional de sus vecinos. Para entendernos: son de esos guiris entrañables que aprovechan cualquier descuido para soltar alguna palabra (i més d’una flastomia!) en mallorquín. No sé cómo será su día a día en Rolle (Suiza), donde son vecinos de Jean-Luc Godard, pero su casa en Sa Pobla es lugar de encuentro de la crema cultural de la isla, donde una noche cualquiera pueden coincidir por ejemplo Pascal Comelade, Max y los miembros de Vacabou compartiendo un pa amb oli con sus anfitriones.

Esta misma afición de recibir y de disfrutar reuniendo a diferentes personalidades creativas la desarrollaron cuando, mucho más jóvenes pero igual de melómanos que ahora, vivieron en Nueva York a principios de los años 80. Allí, Catherine y Nicolas se codearon con lo más avanzado de la escena artística y musical de la Gran Manzana, y son todavía grandes amigos de los miembros de Sonic Youth, de Suicide o de los Beastie Boys, a quienes conocieron cuando eran aún unos pipiolos adolescentes.




En aquellos años, en Nueva York, Catherine ya iba con su cámara a cuestas a todas partes, igual que podríamos verla esta noche fotografiando a Poomse en el Teatre Mar i Terra. Estuvo en los primeros conciertos de Sonic Youth, y también en los de Birthday Party cuando el grupo de Nick Cave giró por los Estados Unidos. Estuvo en primera línea en los mejores años de la escena neoyorquina que conocemos como No Wave y fotografió –siempre en blanco y negro- a Lydia Lunch, Arto Lindsay, Glenn Branca y muchísimos otros personajes que marcaron a fuego la huella de esa ciudad en todo el mundo en aquellos años.

Sus fotografías se han expuesto varias veces en Mallorca; recuerdo ahora la Fira del Disc o una más reciente en la tienda Pasatiempos de la calle Brossa. Este mes, la prestigiosa revista británica The Wire le dedica una galería especial a raíz de la publicación de su libro Beauty lies in the eye (Éditions Patrick Frey). Pueden ver algunas en la web de la revista; aunque lo mejor sería que compraran el libro, claro. O, mejor aún, que vayan en masa a verlas de cerca, la próxima vez que Catherine Ceresole nos regale el lujo de exponer su inestimable legado en nuestra tierra.

martes, marzo 25, 2014

SXSW 2014

Hace poco más de una semana que volví de Austin.
Esta vez he ido con The Parrots y cada noche, al volver de ver conciertos con ellos, escribí un diario para el blog Muro de Sonido del diario El País.
Releyendo algunas de estas entradas pienso que me hubiera gustado repasarlas una vez escritas, darles un par de vueltas, añadir fotos y vídeos... pero están escritas entre las 3 y las 5 de la mañana, con los párpados cayendo, sin saber si tenía jet lag o simplemente el cansancio normal después de todo un día pateando las salas de conciertos de la ciudad.
Así que, aunque pienso que están escritas para leerlas en el momento, cuando allí me iba a dormir y en España era ya media mañana, las dejo aquí para tenerlas a mano y para que las pueda leer quien le apetezca.

http://blogs.elpais.com/muro-de-sonido/2014/03/sxsw-dia-0.html
http://blogs.elpais.com/muro-de-sonido/2014/03/viajo-a-austin.html
http://blogs.elpais.com/muro-de-sonido/2014/03/sxsw-d%C3%ADa-3-el-aterrizaje.html
http://blogs.elpais.com/muro-de-sonido/2014/03/sxsw-dia-3-los-conciertos.html
http://blogs.elpais.com/muro-de-sonido/2014/03/sxsw-dia-4-said.html
http://blogs.elpais.com/muro-de-sonido/2014/03/sxsw-dia-5-como-despeinar-al-personal-y-los-caminos-previsibles-del-punk-rock.html
http://blogs.elpais.com/muro-de-sonido/2014/03/sxsw-2014-d%C3%ADa-6-concurso-de-baile-y-despedida.html

Aquí solía escribir las entradas, mientras los Parrots bromeaban antes de quedarse dormidos.


jueves, diciembre 12, 2013



Esta canción del último disco de Howe Gelb me tiene obsesionado desde hace semanas.
Obviamente me encanta la voz de Howe, y esa letra que refleja tan bien su forma de ver la vida. Pero es a partir del minuto 1 cuando la cosa se desborda y me deja completamente noqueado. Howe repite por tercera vez la melodía (una de las más tarareables que tiene, casi rozando el pop); pero esta vez lo hace con un enternecedor "paparapa" que parece pedir una trompeta hasta que te das cuenta de que no, que es así como tiene que ser.
Acto seguido, susurra al micro un travieso "all together now" y deja paso al violín de Andrew Bird, que se desdobla en una melodía melancólica y preciosa mientras empieza a asomar por debajo la guitarra de M Ward. El ritmo lo va marcando, con sencillez extrema, la batería de Steve Shelley.
El violín deja paso a un hermoso y breve pasaje de guitarra, y la canción acaba en una epifanía de tañido de campanas y sonidos espaciales extraídos del Whammy, ese pedal que usa Howe para destrozar sus canciones cuando le salen demasiado bonitas. Cuando te quieres dar cuenta, se ha acabado todo en menos de tres minutos.
Habrá que escucharla de nuevo (y así llevo semanas).

lunes, octubre 28, 2013

Hace un montón, varios años por lo menos, que cuando pienso en actualizar el blog siempre me viene a la mente la historia de cuando Heavy Trash no llegaban a tiempo para su concierto en el FIB.
Pero nunca encuentro el momento y a medida que va pasando el tiempo voy olvidando los detalles, o se van emborronando, y cada vez lo veo más difícil o me va dando más pereza.

Pero ayer se murió Lou Reed y se me ocurrió desenterrar la historia de su concierto en el FIB y compartirla en las redes sociales, y casi mil personas la han leído. Yo mismo la he releído y había detalles que no recordaba tampoco. Es curioso cómo funciona la memoria, especialmente cuando has decidido de manera totalmente consciente no vivir en el pasado y mirar siempre hacia adelante. Pero hay cosas que merecen ser contadas, y creo que ésta es una de ellas. Espero que quede muchísimo tiempo aún para que se nos vaya Jon Spencer, pero aquí quedará ese recuerdo.

Vaya por delante que Jon Spencer fue importantísimo para mí en los años 90. "Bellbottoms" me giró la cabeza y me volvió loco, y el concierto de la Blues Explosion en el FIB del 98 99 sigue siendo uno de los que recuerdo con más admiración y entusiasmo de cuantos he visto en mi vida: por actitud, por entrega, por repertorio, por estética, por sonido. Todo en aquel concierto fue antológico.

Con los años, y a partir de la estrecha relación con mis amigos de AleHop!, también me hice fan de Matt Verta-Ray y de Speedball Baby, así que el concierto de Heavy Trash era uno de los que esperaba con más ganas en aquel FIB de 2008. Casi tanto o más que los de Leonard Cohen, Morrissey o My Bloody Valentine, que ya es decir.

Pero el sábado al mediodía recibimos una mala, muy mala noticia. Zoe de Mercury Wheels me llama y me dice que el grupo está todavía en Francia. Dice que van a correr todo lo que puedan, pero que no llegan ni de coña a la hora de la prueba y, muy posiblemente, tampoco a la hora de inicio del concierto. Un rápido cálculo nos indica que, por mucho que corran, es probable que lleguen después de la hora de inicio de la actuación.

Estamos a tiempo de reorganizar los horarios del día, anunciar la cancelación para que todo el mundo se entere, evitar que haya un escenario en silencio durante más de una hora y media sin dar explicaciones y equilibrar el reparto de actuaciones para una adecuada distribución del público en el recinto. Lo más sensato es cancelar y poner en marcha la maquinaria informativa. Llamo a Ernesto, jefe de prensa, para saber su opinión. Su pregunta me provoca un escalofrío: ¿has hecho todo lo posible para evitar la cancelación?

¿He hecho todo lo posible? Pues todavía no. Jon Spencer se merece esto y más. Llamo a Zoe: vamos a hacer todo lo que esté en nuestras manos y apuraremos hasta el último momento. Ella se muestra súper agradecida (¡aún me lo recuerda cuando nos vemos!) y me dice que va a seguir en contacto con el grupo para mantenernos informados de su paradero en todo momento. Ellos acaban de cruzar la frontera y nos quedan poco más de tres horas para prepararlo todo. Aviso a Belén en producción y transportes de artistas. Su respuesta inicial es una cara del tipo no-me-jodas-con-otro-marrón, pero una sonrisa a tiempo consigue el efecto deseado: ella llamará a la Guardia Civil y avisará a seguridad en todos los cortes para que puedan llegar sin obstáculos una vez se encuentren cerca del recinto. También les pondrá una persona para que les acompañe por la vía que rodea el recinto para llegar al escenario Fiberfib.com, que está al lado contrario del acceso sur por donde entran los artistas. Hablo con producción técnica (¿era Miguel Pastor? No lo recuerdo ahora) y les comento la jugada: el grupo no llega, y si lo hace será con el tiempo justo para subirse al escenario. Necesitamos revisar su rider y dejar todo perfectamente colocado, las líneas chequeadas, el backline en su sitio según el plano de escenario.

Llamo a Zoe de nuevo. El grupo está ahora a una hora de camino y queda menos de una hora para el concierto, pero ella me dice que están viniendo a toda velocidad. Es el momento de tomar decisiones, y me asalta de nuevo la pregunta de Ernesto: ¿hemos hecho todo lo posible? Decidimos esperar, pero aviso a Zoe de que, aunque me queda claro que no van a tocar los sesenta minutos que les habíamos asignado, no puedo permitir que toquen menos de treinta minutos, ni tampoco alargar su tiempo de actuación a costa de la prueba de líneas del siguiente artista de su escenario. Si pasan quince minutos de la hora prevista para el inicio de su concierto y no han llegado, tendremos que cancelar la actuación.

Llega la hora del concierto y está todo el mundo expectante. Frente al escenario se ha congregado ya una multitud de fans. Los técnicos tienen todo el backline y el cableado preparado. Pasan los minutos y aumenta la tensión. Algunos fans empiezan a silbar. Miro el reloj. Quedan cinco minutos para la hora límite cuando me llama Belén por el walkie: ¡acaban de entrar al recinto, te los mando volando! Creo que la palabra subidón se inventó para momentos como éste. ¡A tope sin drogas!

Voy con Zoe a esperarles a la rampa de subida al escenario y vemos llegar a lo lejos una furgoneta a todo trapo. Frena frente a la rampa y se bajan los músicos a medio vestir con la ropa de actuar. Jon sube peinándose, Matt acaba de ponerse los pantalones tropezando por la rampa. Salen al escenario entre vítores del público, que empezaba a impacientarse pero no se había enterado de nada. Jon Spencer agarra el micro y empieza a arengar a la multitud, mientras el batería coloca los tambores a su altura y Matt conecta la guitarra. Nadie se fija en esos detalles, todo el mundo está mirando a Jon, fascinado con su magnetismo.
Puede que pasara cinco o diez minutos haciendo su monólogo mientras los músicos se preparaban a sus espaldas; a mí me parecieron treinta segundos. Cuando quise darme cuenta, Matt empezó a tocar un riff, los músicos le siguieron, Jon empezó a bailar y Heavy Trash dieron un concierto que jamás podré olvidar.

lunes, abril 22, 2013

La bona gent de 40Putes ha fet un article sobre Runaway, la tenda de discos que varen obrir en Piter i na Tonyi ara fa 20 anys. Allà vaig comprar molts discos i hi vaig passar molt bones estones fins que  vaig acabar fent-hi feina, aprenent molt i fent molt bons amics. Me varen demanar unes declaracions per a aquest article i tambe he volgut compartir-les aquí.

D’entrada, per entendre per què tothom s’estimava tant la tenda s’ha de dir per endavant que Runaway va ser un negoci familiar amb totes les lletres: en Piter i na Tonyi, les cusses enredant, els nins jugant damunt la moqueta, i els qui hi fèiem feina que immediatament (o ja d’abans) formàvem part de la família. El petit mostrador tenia dos taburets davant i servia també de barra esporàdica: davall la caixa registradora hi havia una petita gelera, i amb aquells cartells de disseny rudimentari que feia en Piter s’anunciava que podies beure una cervesa per 100 pessetes. Molta gent ho feia, demanava la cervesa, te donava un vinil per escoltar-lo mentrestant, i petaven la xerrada. Algunes tertúlies musicals al mostrador de Runaway són inoblidables, amb personatges tan carismàtics com en Jaume de Cerebros Exprimidos o l’enyorat Cañete, que cada vegada que duia cartells per penjar se quedava una estona a xerrar i a riure. Hi havia clients de tota mena. Molts turistes despistats que passaven per allà i es quedaven bocabadats de trobar un lloc tan clarament dedicat al rock, l’underground i la música independent (fins i tot teníem el Punk Planet, el Trust i el Maximum Rock’n'Roll!). També hi venia gent que volia muntar grups, o que volien organitzar concerts. Durant un temps va ser el centre neuràlgic de la sala Sonotone, des d’on se centralitzava la programació. I després va ser l’oficina informal de la Fira del Disc i de Discos Punkaway. També estaven els col·leccionistes estranys. Hi havia un senyor encorbatat que deia que ho tenia tot den Lou Reed i la Velvet Underground, però que no sabia gaire més de cap altre artista o estil musical. Li recomanàvem coses (“si t’agrada “Transformer”, potser vols escoltar això de David Bowie o aquest d’Iggy Pop”), però ell només estava interessat en col·leccionar tot el que s’hagués editat mai den Lou Reed. Ens va donar una targeta perquè el telefonéssim si arribava res nou o qualque pirata den Lou Reed, i ens va dir que els doblers no eren problema. No record si mai el vàrem tornar a veure. Un que sí venia molt sovint era un senyor molt curiós i bastant seriós, que es prenia el col·leccionisme musical com una cosa molt solemne. Col·leccionava dos discos de cada artista que li agradava. Un dia se’n va dur dos discos de The Posies i li vaig recomanar Teenage Fanclub. “Quins són els dos millors?”, va demanar, i se’n va anar amb el “Grand Prix” i el “Bandwagonesque”. Un temps després va sortir el “Songs from Northern Britain”, i com que estava molt bé també, i els altres dos li havien agradat molt, li vaig recomanar aquest altre. “No, no”, em digué, “d’aquests ja en tenc dos. Jo vull tenir els dos millors de cada artista, només”. El client sempre té la raó, així que li vaig demanar si coneixia els Apples in Stereo. Ara que torna el vinil, o això diuen, es veu encara més la importància que va tenir una tenda com Runaway, que mai no va deixar de tenir una bona selecció de novetats en vinil (a més de les moltes referències de segona mà). Jo m’hi vaig deixar gran part dels meus sous, en novetats, importacions i segona mà. Alguna vegada vàrem anar també a veure col·leccions particulars que ens volien vendre per a la tenda, i vivíem escenes semblants a les d’”Alta Fidelitat” den Nick Hornby: moments de molta rialla o de fascinació davant un munt de discos llargament desitjats que se t’oferien des dels prestatges. En realitat, i tornant al principi, Runaway era el més semblant que he vist a la tenda den Rob a “Alta Fidelitat”. Només amb una diferència: a Runaway la gent era feliç perquè li agradava la música, i li agradava la música perquè era feliç.

sábado, febrero 16, 2013

Después de más de una semana de conciertos en la península, hoy Mark Eitzel está en la carretera de nuevo, camino de París. Han sido nueve días de conciertos maravillosos, mágicos, de disfrutar, emocionarnos, reír y casi llorar con esa voz como de otra época. De cuando los cantantes sabían cantar, de cuando eran capaces de modular sin gritar, de acariciar sin perder intensidad, de transmitir la pasión incluso en un susurro.





Ha sido (está siendo) una gira muy larga. Treinta y ocho fechas en total, con algunos días libres entre medias. A estas alturas casi todo el mundo sabe que la carrera de Mark sufrió un parón inesperado cuando su corazón decidió que no podía seguirle el ritmo hace un par de años. Le comenté que quizás no era buena idea embarcarse en una gira tan larga, con lo agotador que puede llegar a ser pasar entre cinco y diez horas diarias en una furgoneta y después darlo todo en el escenario, y su respuesta fue: "Lo sé, pero no puedo hacer otra cosa".
La respuesta tenía dos lecturas y los dos lo sabíamos. La positiva, la que sale en las entrevistas, es la misma que responderíamos todos los que padecemos de la misma obsesión que él por la música: "no sé hacer otra cosa, esto es mi vida, no podría dedicarme a otra cosa"; la negativa o preocupante, la que me ha hecho escribir esto ahora, es otra: "No puedo hacer otra cosa, si no hago tantas fechas no me sale rentable salir de gira y necesito salir de gira para poder vivir".
La gira española ha ido razonablemente bien. Alrededor de un centenar de personas por concierto. La mayoría de promotores han quedado más que contentos y el público ha podido ver a Mark en un momento especialmente brillante, aunque él insista siempre en que ha dado un concierto penoso (es la losa de autocrítica feroz que lleva siempre sobre sus espaldas). En Radio 3 le cogieron un cariño tremendo en solo diez minutos de entrevista, en Madrid se ganó al público barriendo el escenario él mismo tras romper su copa de vino, en Córdoba le apodaron "el Cabrero californiano" (ver foto).
Pero esa gira ha incluido también un accidente de tráfico, un batería escayolado, una larga visita al hospital, varias noches con solo cuatro horas de sueño, compras de vuelos de último minuto para sustituciones de última hora, gastos inesperados que ensucian el balance y reducen su beneficio final. Y esto solo en España.
Mark ha pasado ampliamente la barrera de los cincuenta. Con American Music Club compuso canciones que estarán siempre en la memoria de los fans, que sentaron las bases de lo que es hoy en día el rock supuestamente alternativo. Le debemos mucho. Y ahí sigue, autoeditando sus discos (en EEUU es Merge Records, pero en Europa lo saca el sello de su manager) y girando sin parar y sin exigir cachés desorbitados, convertido en un obrero del rock hasta que la edad o la salud le jubilen.
Piensa en todo esto la próxima vez que te descargues el disco de alguien como Mark, que tiene una base de fans suficiente como para reunir a mil personas en diez días, pero no para vender mil discos en un mes. Eso ya no, ahora los discos son gratis. Por eso hay gente que, a pesar de que puede acabar pagándolo con su salud, debe seguir saliendo en giras larguísimas para mantener un nivel de ingresos digno. Y lo hacen con orgullo y con pasión, sin quejarse, sintiéndose afortunados. Pero no está de más que sus fans reflexionemos sobre ello, los buenos momentos que pasamos con su música también merecen nuestro apoyo.
Ya que estamos, una recomendación: "Don't be a stranger", el último disco de Mark, es una joya; de lo mejor que ha hecho en diez años por lo menos. No estaría de más que se lo compraras.

lunes, febrero 04, 2013

"El Sonotone de Palma era un antro. El escenario estaba a metro y medio de altura y se accedía a él por una escalera de madera destartalada. Detrás del escenario había un camerino sucio pero con una ventaja: tenía un baño para el grupo. Al menos, no tendría que hacer cola para ir al baño de la sala antes del concierto, algo de lo más odioso. Los monitores tenían poca potencia y el equipo de la sala era una auténtica mierda. Pero no nos importó: el local estaba lleno, era sábado por la noche y Mallorca nos encantaba (...).
La gente de la península nos preguntaba, incrédula, por qué tocábamos en Mallorca; lo normal es que las giras de los grupos no pasasen por la isla. Primero, porque nos llamaban para tocar, lógicamente. Y segundo, porque adorábamos Mallorca. El promotor siempre nos ponía en un hotel aceptable en la playa, con habitaciones individuales, y nos invitaba a una comida fantástica. Y, además, estaba el público, muy entusiasta. ¿Qué importaba si solo funcionaban algunos monitores y las luces se apagaban? Los mallorquines se lo pasaban en grande, y a nosotros nos encantaba su forma de ver la vida".

Extracto de "Postales negras", la autobiografía de Dean Wareham (la traducción es de Tito Pintado), editada por Libros de Ruido en 2012.
Todo lo que dice Dean en el primer párrafo, hasta el último detalle, es rigurosamente cierto. Lo bien que lo pasábamos también es absolutamente fidedigno.

martes, julio 31, 2012

Cuando me preguntan qué concierto me ha gustado más de la edición del FIB de este año, no tengo ninguna duda. Ha habido grandes actuaciones que me encantaron y dejaron huella: así, a bote pronto, At The Drive-In, Bob Dylan, The Horrors, Pony Bravo, Disappears, Django Django, China Rats, Agoria, Buzzcocks...
Pero, sin duda, el primer concierto que me viene a la mente y que no olvidaré durante muchos años es el de The Stone Roses. Desde el mismo momento en que acabó supe que ese concierto estaba ya entre los mejores que he visto en mi vida. No hablo de razones objetivas, aunque Ian Brown cantó como nunca le había visto, el grupo estaba impecable y el sonido fue una maravilla de principio a fin. No, hablo desde la más pura subjetividad de mi yo con diecisiete años, escuchando por primera vez a The Stone Roses en las madrugadas de Radio 3 (aquel Diario Pop con Tomás Fernando Flores y Chema Rey formando parte del programa), comprando el disco en Xocolat y desgastando los surcos una y otra vez durante años. Veintitrés años esperando ese momento para, finalmente, vivirlo desde una perspectiva privilegiada y completamente inesperada entonces, que no habría imaginado ni en sueños cuando empecé a escucharlos.
Vimos la primera parte del concierto desde la plataforma que hay al lado derecho del escenario, mirando hacia el público. La entrada a la plataforma estaba restringida durante el concierto de Stone Roses, así que se estaba cómodo y la visibilidad era excelente, igual que el sonido. A nuestro lado estaba Steve Diggle, simpatiquísimo como siempre, recordando anécdotas de cuando llevamos a Buzzcocks a tocar a Palma hace años. Y vimos que, al otro lado del escenario, junto a la mesa de monitores, estaba Noel Gallagher con un par de amigos.
Tras más de media hora de concierto, como era inevitable, mi teléfono empezó a sonar y me reclamaron por el walkie. Salí corriendo al backstage para hablar con el tour manager de Crystal Castles y, tras revisar rápidamente el terreno y ver que no había nada urgente, corrí de nuevo al escenario. Pero esta vez decidí subir por las escaleras traseras que llevaban al otro lado, adonde estaba Noel. Allí había mucha menos gente aún, y además podía ver el resto del concierto a la misma altura que el grupo y no desde arriba. Me coloqué a unos metros de distancia de Noel y sus amigos, para no molestarles ni intimidarles, y me concentré en el concierto de nuevo.
A partir de ahí es cuando empezó a convertirse para mí en algo muy especial. Ayudado, ciertamente, por la euforia tan contagiosa que transmitían Noel y sus dos amigos, y también por un repertorio que había dejado algunas de sus joyas más preciadas para el final. El hermano majo de los Gallagher se comportaba como un fan más de los muchos miles que había frente al escenario, como uno más de los muchos miles que han cantado, coreado y hecho air guitar con esas canciones durante dos décadas. Cantaba las letras con el puño en alto, tocaba los solos en el aire; se giraba hacia sus colegas y les cantaba a la cara, sonriente, la letanía de "This Is The One", para luego girarse de nuevo hacia el escenario y seguir exprimiendo el momento, como un fan más.
Viéndoles abrazarse, disfrutando como enanos, eché muchísimo de menos a Agustín Pou y a Toni Recalde, con quienes compartí largas tardes de vinilos y fanzines, muchas horas de aburrimiento y también muchas pequeñas y grandes epifanías culturales. ¡Joder, en aquel momento lo que me apetecía era dar un paso al frente y abrazar yo también a Noel y a sus amigos! ¡Cogerles por los hombros y gritar con todas mis fuerzas junto a ellos, con el puño en alto: "I am the resurreeeeeection and I am the liiiiiiight..."!
No lo hice, claro. Hubiera sido impropio e irresponsable, como trabajador del festival. Pero, ay, ¡qué poco me faltó!

lunes, abril 23, 2012

Hace unas semanas, en un viaje de trabajo, conocí a Seymour Stein. Sí, el mismo Seymour Stein: el que fundó Sire Records y fichó a Ramones, a Talking Heads y a Madonna. El mismo al que Belle & Sebastian dedicaron una canción, después de conocerle, probablemente abrumados como yo al encontrarse de cara ante el peso de la historia de la música que nos ha hecho soñar desde adolescentes. Ese Seymour Stein.
Resultó ser un señor encantador, y en nuestro breve encuentro me contó varias anécdotas interesantes. La primera, que piensa que fue un acierto para B&S no fichar por Sire, porque en aquella época tenían graves problemas internos (en la empresa y en casa de los Stein), causados sobre todo por el abuso de las drogas. La segunda tuvo más enjundia. Me preguntó que si conocía a un grupo español que se llamaba Duncan Dhu. "Por supuesto", le respondí, "fueron famosísimos en España". "Tenía grandes esperanzas para ellos", me dijo. "Desafortunadamente, el grupo se separó antes de que pudiéramos empezar a trabajar con ellos". Ajeno a mi asombro, continuó: "Esa relación acabó siendo muy fructífera, porque ellos tenían contrato para todo el mundo con DRO, que entonces era un sello independiente. Presenté al equipo de DRO a nuestra gente de internacional. Contratamos a su jefa de internacional, Maribel Schumaker, y con el tiempo acabamos comprando DRO". Y dicho esto, me dio la mano afablemente y se fue por donde había venido, saludando a todo el mundo con una enorme sonrisa en la cara.

viernes, marzo 16, 2012

Este artículo ha aparecido hoy en la edición en papel del diario El Mundo - El Día de Baleares.


El Flexas ya estaba


La semana pasada entregué en la redacción un texto dedicado a la fiesta de despedida de la revista DP, y me dirigí al bar Flexas para celebrar aquella suerte de entrañable funeral, agridulce y emotivo. Fue un encuentro muy agradable, lleno de sonrisas, de abrazos y de recuerdos. Aunque la música siempre ocupó un lugar preeminente en los contenidos de DP, nada más llegar ya quedó claro que en esa fiesta no habría ni discos ni actuaciones: se ve que hay una ordenanza municipal que prohíbe de manera explícita la ambientación musical de cualquier tipo en todos los bares del casco antiguo. Han leído bien: el ayuntamiento de Palma prohíbe claramente cualquier tipo de música en todos los bares del centro. Yo tampoco lo podía creer.



Nos sobrepusimos, claro está. Al fin y al cabo, la excusa era presentar el libro que recoge todas las portadas que publicó la revista y reunir para ello al mundillo cultural de Palma. Y así fue, una reunión animada entre vinos y cervezas... hasta que llegó la policía. No eran ni las once de la noche, y no había música, así que el motivo por el que acudió la patrulla verde al bar Flexas el jueves pasado fue, simplemente, que los parroquianos hacían demasiado ruido. A las once de la noche. En un bar. Gente normal, que habla y que está contenta de encontrarse, que brinda y se saluda y comenta lo mal que está todo últimamente y ríe por no llorar. Nada de meterse rayas de coca o gastarse el dinero público en puticlubs con tarjetas a cargo del erario, no. Solamente hablar con una copa en la mano y alegrarse de estar juntos y con vida. Las cosas que hace la gente normal en un bar.

Apuntaba hace unos días el periodista y escritor madrileño Bruno Galindo (que estará este fin de semana en el festival de la palabra Live on Març, en Sa Possessió de Son Rossinyol) que, en su ciudad, hay locales que ya han recibido denuncias por programar monólogos. En Palma, rizamos el rizo del esperpento y prohibimos los diálogos. Supongo que, a nuestras autoridades, lo que les parece normal es estar en casa un jueves a las once de la noche. Qué se les habrá perdido en la calle a esas horas. ¡Algo malo habrán hecho! O quizá les parece bien que la gente salga, vale, pero que hablen por señas a partir de cierta hora. Me permito sugerir para este caso particular, ya que era un encuentro de modernos treintañeros, que chateen por whatsapp con sus móviles de última generación. Hasta ahí, bien. También se permite sonreír, siempre dentro de un orden. Pero que no hablen ni se rían a carcajadas, ¡eso, jamás!

Se ve que ni los vecinos denunciantes ni las autoridades castrantes recuerdan ya que el bar Flexas estaba ahí cuando ellos probablemente ni se atrevían a transitar por aquellas calles. Este bar, y los locales de las callejuelas colindantes, las ha visto de todos los colores. En el corazón del barrio chino se vivía en la calle, con las ventanas abiertas, con las putas en los portales, los marines buscando pelea y los yonquis agarrados a las paredes. Durante muchos años, y de eso no hace tanto, esa misma gente que ahora denuncia y multa no hubiera podido dar un paso por esas calles sin cagarse en los pantalones. Les recomiendo que lean Historias del barrio, el estupendo tebeo de Gabi Beltrán y Bartolomé Seguí, y refresquen la memoria. Por cierto, en sus páginas sale el Flexas, claro. Porque, como dicen los internautas sobre los políticos que se presentan como novedosos a pesar de llevar toda la vida, como dicen de gente como Arenas y Rubalcaba: el Flexas ya estaba.

sábado, enero 28, 2012

Ayer me escribió Guillermo Arenas para hacerme unas preguntas para un artículo que preparan sobre Leonard Cohen en numerocero.
Unas horas más tarde, otro amigo me mandó la versión sin doblar del ya mítico discurso que dio Cohen en la entrega de los Premios Príncipe de Asturias. Si consigues que no te despiste la incomodidad de Letizia Ortiz mirando a la cámara o el disgusto de ver a Álvarez Cascos (el enemigo de la cultura) ahí sentado, el discurso es emocionante y hermoso.



En fin, después de verlo, respondí al correo de mi amigo americano contándole la historia que había contado previamente a Guillermo, convenientemente ampliada. Y ahora os la cuento aquí a vosotros.

Mi primer recuerdo nítido de Leonard Cohen es esta historia, que sucede en 1988. Entonces yo tenía dieciséis años y llevaba, por lo menos, dos o tres años obsesionado con la música rock. Probablemente, escuché alguna canción anteriormente en la radio -en M80 Serie Oro, por ejemplo-, pero no tenía una opinión formada ni demasiado interés aún. Hasta que pasó esto.
Mis tíos vinieron de visita a casa, un sábado por la noche. Iban a estar solamente un rato, porque después se iban al Auditòrium al concierto de Leonard Cohen. A mí me pareció una cosa "de mayores", como si fueran a ver a Georges Moustaki (a quien vi ese mismo año o al siguiente, acompañando a mi madre).
En realidad, lo que a mí me apetecía era salir a la calle inmediatamente a comprar el nuevo número de Rockdelux. Necesitaba mi dosis mensual de música moderna y no quería esperar al lunes. Pero las tiendas ya habían cerrado, así que decidí ir caminando hasta el centro comercial, que cerraba más tarde.
Salí de la casa de mis padres, dejando a mis tíos aún allí, y empecé a caminar hacia el centro comercial. Habría unos veinte minutos largos de camino. Las calles estaban tranquilas y oscuras, era de noche. Hacia la mitad del camino me di cuenta de que, para llegar a mi destino, debía pasar bordeando las casas de Corea, un barrio conflictivo que, a mi edad y en esos años, provocaba tanto miedo como fascinación. Iba con las manos en los bolsillos, acariciando las monedas con el cambio justo para comprar la revista, mirando al suelo para no cruzar la mirada con nadie, esperando pasar aquel trago cuanto antes. Creo que no corrí.
Llegué sin novedad al centro comercial, busqué la papelería y compré la revista.
La portada era un primer plano de Leonard Cohen.
Volví caminando de nuevo a casa, lamentando haberme perdido ese concierto (lo lamentaría durante muchos años), pensando si no habría estado bien apuntarme al plan de mis tíos y haberle visto esa noche. En los días siguientes, me las arreglé para grabarme "I'm Your Man" y lo escuché hasta gastarlo.
Unos años después salió a la venta el recopilatorio "I'm Your Fan" (con versiones memorables de Pixies, Nick Cave, Robert Forster), y para entonces yo ya había caído rendido ante los encantos de toda su discografía.
Finalmente, conseguí verle en directo. Fue veinte años después, en el escenario principal del festival de Benicàssim, donde acabé trabajando hasta hoy. Gracias, en parte, a haber leído con fruición tantas revistas de música durante todos estos años.

miércoles, enero 11, 2012

Los amigos de Bubota Discos han subido al Bandcamp las dos canciones del 7" que nos editaron hace unos meses a Solution.
Solution fue el trío de post-funk instrumental (cuarteto, en las canciones en las que nos acompañaba el grandísimo Alolo, El Hermano Ele de La Puta OPP) que compartí con Joantoni a la batería y Juanjo al bajo. Yo me encargaba de los teclados.
Estas canciones se grabaron en directo, en Buñola, en el estudio que compartía Juanjo con Setri. Juanjo luego las mezcló y las pulió.



Por ahí andan también algunas grabaciones más: una remezcla que nos hizo Javi P3z, una canción que metimos en un recopilatorio del sello Business Class de Txarly Brown (aunque bajo el seudónimo Vuelo 502), y otra canción que editamos como bonus track oculto en el segundo volumen del recopilatorio "Café Bizarre - Sunset Danceteria".
En fin, el 7" suena como un cañón y estaría bien que lo compréis, que el sello es sin ánimo de lucro y reinvierten sus ingresos en sacar más singles a otros grupos de la zona. Debería haber un sello así en cada provincia, es el tipo de cosas que hacen saludable una escena local.
Y qué coño, que estoy muy orgulloso de Solution, aunque en su momento nadie se enteró ni de que existíamos. Por desidia nuestra, sobre todo: dimos cuatro conciertos en cuatro años, y muchas veces dejábamos el ensayo a la mitad para irnos a cenar juntos. ¡Eso sí, forjamos una amistad muy sólida que aún perdura!

viernes, noviembre 18, 2011

Artículo publicado hoy en la edición de Balears del diario El Mundo.

Grandes éxitos de Los Mercados


El otro día comentaba un amigo que Los Mercados sería un buen nombre para un nuevo grupo musical: “¿has escuchado lo último de Los Mercados?”, “¿pero de dónde han salido Los Mercados?”. Qué manera de inspirar temor, qué suspense, qué influencia suprema tienen Los Mercados sobre nuestras vidas. Sería un nombre que no dejaría indiferente, desde luego. Y así, por lo menos, alguien podría poner cara a Los Mercados, a no ser que usáramos fotos promocionales borrosas o llevásemos máscaras y jugásemos al misterio de que nadie sepa a ciencia cierta quiénes somos ni cuánto hay de farol en nuestras aseveraciones, como si de unos falsos Daft Punk o The Residents se tratara. Y podrían usar nuestro MySpace o nuestro Facebook del grupo para “mandar un mensaje de confianza a Los Mercados”, en vez de hacer recortes aquí y allá sin ton ni son, como mensajes en la botella de un cóctel molotov.

¿Y cómo sonarían Los Mercados? En algún momento he pensado que su sonido sería de techno-rock industrial, abrumador y apocalíptico, pero cada vez tengo más claro que debería ser un sonido brutote y simplón, acorde con la ideología anarquista, ciega y destructiva de Los Mercados: porque de eso va todo lo que vienen haciendo Los Mercados desde hace meses, de destruir todo lo que llevamos décadas tratando de construir a base de esfuerzo y consenso. En nuestro entorno cultural, el nihilismo de Los Mercados se ha cargado, con la complicidad del gobierno socialista, todo un sistema de cajas de ahorro que había logrado lo increíble: que los bancos estuviesen obligados por ley a dedicar una parte de sus enormes beneficios a obra social y cultural. Con el más que previsible cambio de gobierno, las cosas no se presentan mucho mejor. Al contrario: la política de recortes va a ser brutal y va a empezar, por supuesto, por la cultura, esa memez prescindible y superflua. No se reducirán los sueldos de los políticos, ni las subvenciones a los partidos, pero el Ministerio de Cultura va a desaparecer para convertirse en una Secretaría de Estado dependiente directamente de Presidencia del Gobierno, sin acceso a los Consejos de Ministros (esto es, a las peleas por los presupuestos) y con un dirigismo político indisimulado de toda la actividad cultural. Por no hablar de que, a partir de ahora y gracias a Los Mercados, la cultura va a tener que ser rentable y enfocada bien a la exportación o bien a la atracción del turismo cultural. Del bienestar inmaterial y el florecimiento cultural de la población en sí ni se habla, eso a Los Mercados se la trae al pairo. El dinero es lo que cuenta.

Bien mirado, Los Mercados no debería ser un grupo musical, sino más bien un partido político formado por terroristas camuflados. Así por lo menos sabríamos a quién votar el domingo: ¿por qué no hablar claramente y decir: “mire usted, puede votarme a mí pero en realidad está votando a Los Mercados, yo voy a hacer lo que me digan”? Pero este domingo votaremos a unas marionetas ambiguas que siguen ahí porque no saben hacer otra cosa, porque llevan desde 1.977 chupando del bote y no quieren dejar de exprimir el chiringuito mientras Los Mercados les dejen y no les hagan un Full Monti, poniendo directamente y a dedo a un tecnócrata al timón, como en Italia.

Lo bueno de esto es que la cultura se convertirá en instrumento de subversión y creatividad desbordada (contra Los Mercados vivíamos mejor), y ganarán aún más valor iniciativas como las de Pecan Pie, que desde la autogestión más absoluta sigue acercando hasta aquí a joyas ignotas del folk norteamericano como los canadienses Evening Hymns, que tocan el próximo jueves 24 (en fantástico doble cartel con Poomse) en el Teatre Mar i Terra de Palma. Que ustedes lo voten bien, nos vemos en el Mar i Terra antes de que lo privaticen.

jueves, septiembre 08, 2011

Esto es parte del artículo que sale mañana en la edición de Baleares del diario El Mundo.


¿Dónde estabas tú el 11-S?

El domingo es 11 de septiembre, como se encargan de recordarnos una y otra vez todos los medios periodísticos del mundo. Todos recordamos dónde estábamos hace diez años, cuando cayeron las torres con un estruendo que cerró de un violento portazo el siglo XX. Quien les escribe estaba en el aeropuerto de San Sebastián, a punto de coger un avión de vuelta a Palma. Al llegar, y sin pasar por casa, fui directamente a la plaza de toros para ver a Manu Chao en directo. Obviamente, en el Coliseo Balear sólo había un tema de conversación. En aquel momento histórico, muchos esperaban que Manu dijese algo a los miles de personas que seguían cada palabra suya como si fuesen peregrinos del JMJ en la homilía de B16. Y Manu no dijo nada. Se limitó a ofrecer su concierto y marcharse.

Tampoco era nada criticable. Él ya había dicho muchas veces que ese papel de líder del altermundialismo le venía grande, que no quiere ser portavoz de nadie y que cada uno debería pensar por sí mismo. La semana pasada, siguiendo esa misma línea de mantenerse un poco al margen, dio sin embargo un paso adelante y ofreció el micro en su concierto en Nueva York a dos activistas que llamaron al público a la ocupación pacífica de Wall Street, prevista para la semana que viene. La gente está harta, en Nueva York igual que en Grecia, en Chile, en Egipto o en España. Diez años después, Manu no está en Mallorca, sino en Nueva York, y allí amplifica una llamada a la acción pacífica contra los políticos, especuladores y banqueros que han causado esta crisis que sufrimos todos los demás. Eso es lo que me viene a la cabeza cada vez que desde la prensa, la radio o la televisión preguntan a la audiencia, por enésima vez, dónde estaba o qué estaba haciendo aquel 11 de septiembre de 2001.



---------------------------------

Actualización:
Me ha escrito Arkaitz Villar, que por entonces era manager de Audience, y hemos recordado que antes de llevarme al aeropuerto estuvimos comiendo en el Morgan, el grupo, él y yo. Pusieron la radio a todo volumen y la mujer tras la barra dijo que se había estrellado una avioneta contra las torres gemelas. UNA AVIONETA.

sábado, agosto 13, 2011

Hace un mes y pico participé en unas jornadas sobre las "transformaciones de la música en la era digital", organizadas por la Universidad Carlos III de Madrid. En la mesa estaban David Jiménez (Heart of Gold), Ricard Robles (Sónar) y un servidor.
Se dijeron algunas cosas interesantes, así que me parece que, ahora que han subido el video a la web de la universidad, vale la pena enlazarlo aquí por si alguien tiene una hora y pico de tiempo para perder en esto. Lo dudo, pero quién sabe. Ahí lo dejo.

PS: He intentado incrustarlo pero parece que el código no funciona. Dejo el enlace para ver el video en la página de la universidad: http://arcamm.uc3m.es/arcamm/?item=e68bf85221cb4567d107ea847e075a82

miércoles, julio 13, 2011

La entrada anterior la escribí mientras leía, absolutamente fascinado, el último libro de José Carlos Llop: “En la ciudad sumergida” es un libro sobre Palma, mi ciudad natal y también la del autor. En las últimas navidades me encontré con José Carlos en la librería Literanta. Yo iba precisamente a comprar su libro, que había hojeado el verano anterior en la casa de mi madre en el Port d’Andratx, y en esa librería que se ha convertido en uno de mis sitios preferidos de Palma me reencontré con una persona que, a la larga, ha tenido una influencia capital en mi vida. No sólo porque he leído una gran parte de su producción literaria, siempre con gran placer; sino por algo mucho más prosaico, valga la redundancia: él fue quien, teniendo yo dieciocho años, me abrió las puertas del suplemento de cultura del Diario de Mallorca para empezar allí mis colaboraciones periodísticas, espoleando una carrera que, a día de hoy, aún colea.
Recuerdo que, en aquel primer encuentro en su despacho de la biblioteca de la Misericòrdia (entonces yo aún acudía varios días por semana a ese mismo edificio, pero a las plantas superiores, donde estaba el Conservatorio de Música), Llop me dijo que mi determinación y mi apasionamiento le recordaban a él mismo cuando tenía mi edad. Leyendo su libro –unas memorias que no lo son, un ensayo que bordea los límites de la autobiografía describiendo lo que le ha rodeado, cómo Palma y los personajes que la habitan o la visitan han servido de decorado en algunos momentos de su vida-, yo también he pensado que sí, que más de un pasaje estaba hablando de mí mismo y de mi relación con la ciudad, de la casa de mis abuelos, de mi tía Juana y de mi tío Manuel, de los bares de marines de la calle Apuntadores y las casas modernistas del Terreno...
No hablo ya de casualidades –ésas que tanto me gusta coleccionar-, como que hacia el final del libro mencione de pasada a Ira Silverberg, amigo íntimo de Damon Krukowski y Naomi Yang, con quien compartí cena y deliciosa charla en un bar frente a la Lonja, después de un concierto en la cripta de Sant Llorenç; sino de sentimientos (o presentimientos) que comparto, con los que me he sentido identificado y que creo que muchos mallorquines también compartirán. No sé si son estos mismos mallorquines quienes han hecho que el libro llegue a su octava edición, probablemente no, pero deberían serlo.
En nuestro breve reencuentro navideño, después de veinte años, Llop me preguntó qué había sido de mi vida en este tiempo. Fui breve –no tenía sentido extenderse ante una pregunta de cortesía-, pero debí dejar caer que, después de años de vida nómada, a veces echaba de menos quedarme definitivamente en el mismo lugar. Con una cercanía que sigo agradeciendo meses después (y creo que lo haré por muchos años), me dijo: “No vuelvas. Es mejor añorar que soportar”.
Él decidió quedarse, y este libro es el resultado de su decisión. Aunque quizá hubiese escrito uno parecido de haber decidido marchar. Uno nunca se libra de su ciudad natal, menos aún si está en una isla. Los que me conocéis (creo que sólo entráis aquí los que me conocéis, por eso empecé este blog y por eso sigo) quizá me habéis oído explicar esa teoría de que las islas tienen una fuerza de gravedad propia, un magnetismo que te reclama para que vuelvas, aunque sea para volver a partir. Como decía Jack en la tercera o cuarta temporada de “Perdidos”: “we gotta go back to the island”.
José Carlos Llop lo explica, de manera más literaria, en el siguiente pasaje de “En la ciudad sumergida”:
“Hay un peso metafísico en el hecho de ser insular, pues una isla ya es, de por sí, un destino. En ese destino se oculta el peso del que hablo, más parecido al pecado o a la culpa que a otra cosa. Unos llevan este peso con escepticismo y otros con cinismo. Los primeros hacen uso de la ironía, los segundos del sarcasmo. Otros actúan como si no existiera. Todo depende de la manera de vivir esa condena sobre la que no se habla, más allá de sus síntomas más evidentes: la necesidad de irse, la parálisis ante el viaje, la voluntad de regreso, el lenguaje del mar, que es inaprehensible... (...) Este peso metafísico, que une y separa con silente y maliciosa complicidad (a los insulares nos basta con mirarnos), tiene una metáfora cercana en los caparazones de las tortugas que habitan las islas Galápagos. En el gran peso de esos caparazones –que son, también, coraza- y en la mirada de quienes lo soportan. Como una defensa que es condena; como una condena que es defensa. En fin, como ser insular. Quizá una isla, por mucha belleza que contenga y muestre, sea uno de los escenarios posibles del purgatorio. De ahí que unos la abandonen y otros se refugien en ella. De ahí que unos sientan la irrefrenable necesidad de marchar y otros la fatídica gravedad de quedarse. Joyce frente a Yeats, por ejemplo. Y ni unos ni otros saben vivir su destierro elegido, o su pena quieta, de forma plena. Como si les faltara la otra parte: a los que se van, la de los que se han quedado; a los que se quedan, la de los que se han ido. Lo que desemboca en un sentimiento de jibarización compartida al quedarse y en una enfermiza aspiración de engrandecimiento al irse. La primera se camufla tras la creencia en que el mundo que importa es sólo la isla; la segunda, en que el mundo que importa es sólo uno mismo. Pero en la cara oculta de ambas visiones está la parte del otro como una falta inextinguible. ¿Y si...? Tal enigma sólo lo soluciona la muerte”.

lunes, julio 11, 2011

La vida transcurre en espiral. Sus círculos se alejan para, tarde o temprano, encontrarse de nuevo. Descifrar esas conexiones, identificar esos nuevos encuentros, es una de las cosas que más placer intelectual me producen. Cuando pasa eso, tengo que dejar de hacer lo que sea que me ocupe y me paro a disfrutar de ese momento.
La semana pasada estuve viendo a los High Llamas en el Teatro Lara de Madrid. El sonido era impecable, prístino. Si cerrabas los ojos, parecía que estuvieses escuchando un disco. Pero era mucho mejor mantenerlos bien abiertos para gozar de la visión de esos señores de mediana edad, concentrados en mantener la tensión justa, la precisión necesaria para que las canciones sonasen exactamente como tienen que sonar. Me pasó lo mismo hace poco con Ron Sexsmith, o con los músicos que acompañan a Matt Ward y a Zooey Deschanel en She & Him: me encanta ver a gente mayor tocando canciones de pop atemporal.
Mientras veía a Sean O’Hagan homenajear a los Beach Boys, por la vía de la bossanova y el filtro de Van Dyke Parks, recordé la primera vez que vi a los High Llamas en directo: fue en 1994, en Londres. Entonces yo vivía allí, y fui con mi amigo Jaime para ver al grupo principal de la noche (los High Llamas eran teloneros), el que era entonces uno de mis grupos preferidos y al que llevaba años deseando ver. Aquel cabeza de cartel era Giant Sand, y si me conoces o has leído este blog desde hace años, sabes que ese grupo acabaría cambiándome la vida.
Meses después volví a casa. Jaime también regresó, enamorado de la que aún es su esposa. Yo traté sin éxito y sin muchas ganas de acabar la carrera y, al poco tiempo, recibí una llamada de Luis Calvo, que enseguida sería mi jefe en Elefant Records: iban a organizar un festival en Benicàssim y, si quería, podía ir a trabajar ese verano.
Aquel doble concierto de Giant Sand y High Llamas fue en una sala mítica de Londres, alejada del centro. Su nombre era The Mean Fiddler. Luego se vendió, con el resto de salas y festivales pertenecientes al emporio del mismo nombre, pero en 1994 The Mean Fiddler pertenecía a Vince Power. Quince años después, Vince compró el festival de Benicàssim y se convirtió en mi nuevo empleador.
El miércoles, viendo a los High Llamas, pensé que no se había cerrado un círculo, sino tres a la vez, y esa idea me hizo sonreír.

miércoles, julio 06, 2011

El otro día, la gente de Hipersónica me pidió una opinión sobre la SGAE. En un hueco en estos días de jornada intensiva (de intensidad, no de horario recortado) escribí el texto que han publicado hoy.
Como parte del debate se ha trasladado a twitter, donde es difícil discutir algo más que eslóganes y textos para pancartas, lo copio aquí por si a alguien le apetece profundizar en el tema o rebatir algún argumento en el que me haya equivocado.



Joan Vich es músico (actualmente en Single y Jonston), co-director de la discográfica Primeros Pasitos y promotor musical, con un roster que cuenta a músicos y grupos como Howe Gelb, Mark Eitzel, Cohete, Robyn Hitchcock o Herman Dune, entre otros. También es periodista (Público, El Mundo-Baleares, IB3 Ràdio) y trabaja en el FIB desde 1995.


Me llamo Joan y soy socio afiliado a SGAE desde el año 1993, creo.

Soy uno de esos 88.000 socios sin ningún derecho, sin voz ni voto, que sólo servimos para justificar el volumen de supuesto apoyo de “los creadores” que tiene la empresa para actuar como lobby en las altas instancias (algo parecido a lo que hace la iglesia católica con los bautizados, aunque luego no practiquen ni crean en nada).

En su momento, me hice socio de SGAE porque era imprescindible para poder cobrar los derechos que generaban las canciones en las que participé como autor ese año, los anteriores y los inmediatamente posteriores. El detalle es importante: era imprescindible. La discográfica estaba obligada a pagar los derechos fonomecánicos a SGAE (bajo amenaza de multas considerables), y a su vez, para recuperar algo de ese gasto, hacía que sus grupos registrasen las canciones para poder reclamar esos derechos editoriales.

Es un hecho que en España, si haces música popular, estás obligado a ser socio de SGAE. Claro que puedes renunciar a ello y luchar por otra manera de hacer las cosas, pero hay algo que hasta hoy nadie ha solucionado: seas o no seas socio, la SGAE va a recaudar en tu nombre, va a cobrar por ti, con el respaldo del Gobierno y de la Policía. Y ya que cobran en tu nombre, por lo menos siendo socio puedes reclamar que te paguen lo que han cobrado por ti. Para eso, tienes que ser socio.

Muchas veces, esa función de cobrar por ti es incluso contra tu voluntad (¿lo primero, el autor? ¡Ja!): si tocas en el bar de un amigo, o en un local que sabes que lo pasa mal pero, a pesar de todo, sigue programando conciertos, no puedes renunciar a tu derecho para no perjudicarles. La SGAE intentará recaudar igualmente, insensible e implacable. El romanticismo no existe para ellos.

Y, como no eres un autor que genera mucho dinero (en la SGAE sólo funciona el “tanto tienes, tanto vales”), no tienes derecho a cambiar nada de ese funcionamiento perverso de la empresa: no puedes votar, no eres nadie y no pintas nada para los pocos cientos que finalmente deciden, hacen y deshacen. Entre ellos, tienen mucho peso los editores: ¿dónde se ha visto que patronos y empleados luchen por los mismos derechos? ¿Cómo puede ser que una veintena de editores, cuyos intereses son naturalmente contrapuestos o por lo menos parasitarios de los intereses de los autores, tengan más voz y más voto que esos mismos autores a los que se dice representar?

Los casos de surrealismo recaudatorio se cuentan por miles. Yo he vivido en carne propia muchos de ellos: amenazas más o menos veladas, reclamaciones desorbitadas, coacciones, continuo desprecio a la presunción de inocencia, desplazamiento de la carga de la prueba a la parte acusada…

La SGAE, en su forma actual y desde la presidencia eterna de Teddy Bautista, que es la que he conocido, es un monstruo que pedía a gritos una intervención gubernamental. Ha tenido que ser el poder judicial el que ponga cartas en el asunto, porque los distintos ministerios de cultura de las últimas décadas (y no miro sólo a Ángeles González-Sinde, sino a César Antonio Molina, Carmen Calvo, Mariano Rajoy, Esperanza Aguirre, Carmen Alborch…) han tutelado, permitido y apoyado este estado pervertido de las cosas.

Pero, ojo, lo anterior es una crítica constructiva y desde dentro. Insisto: sigo siendo socio, no he renunciado a mis derechos.

Estoy completamente en desacuerdo con esos iluminados que exigen la desaparición de la SGAE y la abolición de los derechos de autor: sigo siendo socio de SGAE porque creo que es importante que se respeten los derechos de autor y que quienes hacen dinero con la música de otros paguen por ello lo que es justo. Creo en el derecho moral y económico del autor, y creo que tiene que haber un organismo que lo gestione y se encargue de facilitar las vías para reclamar esos derechos y que nadie se aproveche de la parte débil. Lo que me parece fatal es que se haga como se ha venido haciendo: de manera agresiva, irregular, autoritaria, insensible, amenazante y, lo que es peor, despectiva hacia el 90% de los autores para quienes supuestamente se está trabajando.

Por eso, me alegra mucho que por fin se empiece a tirar de la manta para destapar el entramado de una junta directiva que ha despilfarrado dinero (dejemos a un lado las ilegalidades, que decidirá el juez en su caso) en proyectos carísimos e incomprensibles para la base de autores como la red de teatros Arteria, las lujosas sedes de SGAE en todas las capitales o los portales de venta por internet, desatendiendo por el camino las necesidades y las quejas de la gran mayoría de sus socios y, más allá, de la inmensa mayoría de la ciudadanía. Así, no.

Quiero una SGAE limpia, transparente, justa y democrática, que apoye a los autores sin criminalizar al público, que respete las divergencias y que escuche la voz de la calle. Y quiero un Gobierno que controle ese funcionamiento sin dejar un cheque en blanco a una camarilla que cambia los estatutos para perpetuarse en el poder.

Parafraseando el ilusionante lema del 15M: quiero una SGAE real, ya.

lunes, junio 13, 2011

Ahora que se han constituido los nuevos ayuntamientos, y en cuanto se constituyan los nuevos gobiernos regionales y provinciales, los partidos van a empezar a hacer eso que tanto les gusta: arrasar con lo que construyeron los anteriores y volver a empezar con el gasto público para otros usos más cercanos a sus intereses. Así es como gobiernan, después de engañarnos haciéndonos pensar que nosotros contamos para algo.
Ona Mallorca y Televisió de Mallorca están en peligro de desaparición por este motivo. Son dos medios públicos, que no tienen pérdidas y que albergan programas estupendos como Bufet Lliure o Ítaca, entre muchos otros.
El viernes publiqué esto en mi columna en El Mundo - El Día de Baleares:


Sabotaje al sector audiovisual


Aún no había dicho nada desde aquí sobre el cierre del ente de RTVMallorca, que engloba a la radio Ona Mallorca (desde 2002) y la televisión [M] (desde 2006). Como periodista y como ciudadano interesado en la pluralidad y en la independencia de los medios, especialmente los medios públicos como equilibrio imprescindible del resto de poderes (fácticos o no), me parece una ofensa, un despropósito demagógico y una soberana estupidez.

No entiendo que se hable tan a la ligera de cerrar una cadena que funciona, que tiene déficit cero (¡Déficit cero! ¿Han leído bien? ¿Hay alguien?), mientras se mantiene sin reformas ese modelo privatizado e insostenible de IB3 que tienen justo al lado. Frente al mundo de las subcontratas, los sueldos bajos y la deuda creciente de IB3, tenemos un modelo público que funciona, que contrata directamente a sus trabajadores (ya está bien de que las empresas públicas recurran al engaño del autónomo encubierto) y ajusta su presupuesto a sus posibilidades. ¿Y lo quieren cerrar para ahorrar 10 millones de euros al año? ¿Muchísimo menos de lo que cuesta IB3 y de lo que cuesta cualquier acción de gobierno con mucha menos repercusión y seguimiento por parte de la ciudadanía? Eso es una cortina de humo y una acción puramente demagógica: recortes de cara a la galería con la excusa de la crisis.

Un político que tuviera vergüenza apoyaría sin condiciones un modelo de periodismo independiente y plural, con un presupuesto ajustado pero sin concesiones ni a la privatización ni tampoco a las presiones del gobierno de turno. Un medio público consolidado es una de las mayores garantías de control político que tiene una sociedad. Un garante (¿el único, ya?) del espejismo que conocemos como separación de poderes. Si se privatizan los medios, el cuarto poder también sucumbe a la influencia del dinero y se convierte, como los otros tres, en una marioneta. ¿Es eso lo que queremos?

Decía una amiga hace unos días que TV3 lleva treinta años de funcionamiento, pero aquí hubiese durado una legislatura, como mucho. Tenemos políticos mediocres, ruines, miopes y cortoplacistas, que sólo buscan la amortización del voto en plazos de cuatro años, resultados inmediatos para salir en las fotos y lograr la reelección. Carecen de la valentía, el amor propio, la dignidad y la razón de estado para gobernar pensando en el futuro y en el bien común: lo hacen pensando en su futuro inmediato y en el de su partido, en su bolsillo y en sus cuotas de poder. En este sentido, el PP ganó hace dos semanas las elecciones con el 27% de los votos. Deberían tener siempre muy presente que hay un 73% de la población que no les votó; en muchos casos porque no votaron a nadie, asqueados de tanta falsedad disfrazada de democracia. ¿No creen que cerrar un medio de comunicación de titularidad pública es algo que se podría consultar con la ciudadanía? A lo mejor es que ya no les importa la ciudadanía hasta dentro de cuatro años, claro. ¿Y luego les extraña que la gente esté indignada y se lance a la calle a protestar?

Pueden cerrar un medio de comunicación, dejando de paso a más de cien personas en la calle (perjudicando también al incipiente sector audiovisual de la isla, compuesto por muchas empresas que empezaban a salir adelante), pero no pueden controlar todavía, aunque seguro que lo intentarán, el eco de la indignación ciudadana en internet. Estamos hartos de todos ustedes, ¡no nos representan!

martes, mayo 10, 2011

Lo dije en la entrada anterior: este blog es veterano. Por lo tanto, puedo recurrir a la hemeroteca cuando algo me recuerda a otra cosa que ya pasó anteriormente. Estos días se habla del posible parón de varios escenarios en el festival Primavera Sound porque coincide con la final de la Champions. Evidentemente, la gente que pasa del fútbol ha puesto el grito en el cielo y la polémica está servida.
Yo tengo claro que el mejor festival de Europa no puede modificar sus planes porque hay un partido de fútbol. Ojo, que a mí me gusta ver un buen partido de vez en cuando, pero hacer eso sería reconocer que el fútbol es más importante que la música (y ojo, no hablamos de cualquiera: Fleet Foxes o PJ Harvey tocan ese día), y por ahí no paso. Eso que lo digan en el Marca, si quieren.
El caso es que esto me ha recordado lo que escribí aquí mismo en mayo de 2003: el festival aquel año coincidía con Eurovisión (que al menos es música, y gusta a mucha más gente de la que pensamos), y también con la jornada de reflexión anterior a las elecciones generales. En aquella ocasión, escribí esto:

"Por suerte, nos gusta la música y este fin de semana de eurovisiones y memocracias estaremos todos lejos, en nuestro mundo paralelo (irónicamente situado en el Pueblo Español: ¡nosotros somos el Pueblo Español!). Estaremos viendo la TV, sí, pero la de Tom Verlaine y sus Television. Y, para cuando volvamos a estar de nuevo en la sacrosanta seguridad de nuestra casa, todo habrá pasado".

Pues eso. El mundo paralelo y tal. No dejen que lo invadan.

martes, mayo 03, 2011

Hoy he tenido otro de esos feos encontronazos con las compañías aéreas, otro motivo para preferir viajar en tren siempre que sea posible (¡que además es más ecológico!). Los lectores más veteranos de este blog, ya de por sí veterano, quizá recuerdan aquella vez que tuvimos problemas con Air Europa en un concierto de Russian Red. En aquella ocasión -puedes leerlo aquí- parecía que Air Europa era la peor compañía posible para los músicos que viajan con instrumentos.
Con el tiempo he aprendido que Ryan Air, Sleazy Jet y, sobre todo, Vueling pueden ser mucho peores.
Hoy, Vueling ha impedido a Shannon Wright subirse al avión con su guitarra (pequeña, en funda blanda), obligándola a comprar un billete París-Mallorca ¡de ida y vuelta! para el instrumento. 500$ le ha costado la broma.
Este desagradable incidente me ha recordado aquella vez que me bajé de una aeronave de Vueling con Howe Gelb, precisamente por el mismo motivo. Es algo que hace tiempo pensé en contar aquí, pero nunca he tenido el tiempo o la inclinación para hacerlo. Hoy he tenido una larga charla telefónica con Howe, así que he pensado que el destino quería que finalmente atase ambos cabos y dedicase un rato a esto.
Es una historia larga, tanto que habrá que separarla por capítulos. Pónganse cómodos.

***********************************

Fue en diciembre de 2008, poco después de ese otro incidente con Air Europa. Giant Sand acababan de tocar en el Fòrum de Barcelona, formando parte del cartel del festival Primavera Club, y viajábamos a Madrid para el segundo concierto, esa noche en Joy Eslava.



Éramos ocho personas viajando, cargados con maletas e instrumentos. Facturamos lo facturable y nos llevamos con nosotros la guitarra de Howe (una Gibson del 53) y algunas bolsas de mano. Nos pusimos cerca del principio de la cola de entrada al avión, para poder colocar la guitarra cuanto antes y molestar lo menos posible. Éramos ocho y nos sentábamos juntos, así que prácticamente nos correspondían dos compartimentos de equipaje en la cabina y podíamos organizarlo todo para colocarlo sin problema.
Pero no fue así, claro. Cuando varios de nosotros ya estábamos bloqueando esos dos compartimentos y con nuestras maletas colocadas, una azafata con exceso de celo paró a Howe y le dijo que tenía que bajar la guitarra a la bodega. Howe dijo que eso no era posible, que esa guitarra era su medio de vida y que la presión de la altura la podía estropear para siempre, pero la azafata se mostró inflexible. Dijo que, en todo caso, debíamos esperar a que el resto del pasaje colocase sus bolsas antes de intentar colocar nuestra guitarra.
Me acerqué a hablar con ella y le expliqué que podíamos ocupar dos compartimentos, y que si esperábamos a que el resto del pasaje colocase todo su equipaje, entonces no habría hueco libre para la guitarra (por sus dimensiones, un estuche de guitarra ocupa el sitio de dos maletas), mientras que si colocamos primero la guitarra, luego el resto de maletas se pueden ir acomodando en huecos más pequeños.
No sirvió de nada. La azafata seguía en sus trece, insensible a las explicaciones de Howe y a las mías. Para cuando estaba todo el mundo sentado, Howe seguía discutiendo con ella. Viéndolas venir, fui por el pasillo a avisar a los músicos: "si nos bajamos del avión, no os dejéis mi maleta". "No hombre, ya verás cómo no hace falta que os bajéis", dijeron.
Volví adonde Howe estaba sacando ya de quicio a la azafata. Hablé con ella manteniendo la calma, y le dije que ya estábamos retrasando el vuelo. Todo el mundo nos miraba con impaciencia, sentado en sus asientos, esperando que aquellos músicos con abundante vello facial llegaran a alguna conclusión con la tripulación. Mientras yo hablaba con la azafata, Howe se acercó al compartimento más cercano y empezó a mover alguna maleta para ver si podía hacer un poco de sitio: la pasajera que estaba inmediatamente debajo le espetó "¡no toques mi maleta!". Se ve que no podía soportar la idea de tener su maleta unos metros más lejos de su asiento.
A medida que iba aumentando la tensión en cabina, la azafata empezó a decirnos que o nos sentábamos y dejábamos la guitarra en bodega, o nos bajábamos del avión. Intenté hacerle entrar en razón. Le expliqué que ya estábamos retrasando el vuelo, pero que si nos bajábamos lo íbamos a retrasar todavía más, porque iban a tener que buscar nuestro equipaje en la bodega y sacarlo de nuevo, lo que podía retrasar el despegue al menos veinte minutos más. Mientras hablaba esto con la azafata, Howe ya estaba fuera del avión, enfadadísimo, esperando en el pasillo del finger de entrada. Lo último que recuerdo de ese momento es que la azafata me dijo "o se va usted con él, o se sienta", y salí de un salto. La puerta del avión se cerró tras de mí, y en un segundo nos encontramos en un finger que se tambaleaba suspendido en el aire, sin sujeción al avión. Corrimos de vuelta hacia la puerta de embarque, riendo de puro nerviosismo.

**************************************************

Fuimos a información, cagándonos en Vueling, para que nos dijeran dónde podíamos recoger el equipaje que nos iban a devolver. Pero antes, desde los grandes ventanales del aeropuerto del Prat, nos paramos a ver el avión. Desde allí, mientras hablábamos por teléfono con el grupo y organizábamos un poco aquel desaguisado ("vosotros vais adelantando la prueba de sonido, nosotros llegaremos en un momento u otro, no os preocupéis"), podíamos ver la rampa por la que iban a bajar las maletas que nos tocarían de entre todo el equipaje que habíamos facturado. Howe y yo bromeábamos con una sola cosa: "que no nos toque la maleta del merchandising, por favor", decíamos. Bajó una maleta de ropa, bajó la funda de la steel guitar de Anders... y cayó la ballena blanca, una maleta gigante, repleta de discos y de camisetas, con las ruedas rotas, el forro descosido y las asas en mal estado. Nos iba a tocar cargar con la puta maleta del merchandising.



Mientras íbamos bajando a buscar las maletas, maldiciendo nuestra mala suerte, miré en el teléfono los horarios de los trenes a Madrid. "Hay un AVE dentro de una hora, tomémoslo con calma y aún llegaremos a tiempo al final de la prueba", le dije a Howe. Cogimos un taxi y, una vez en la estación de Sants, él decidió que íbamos a viajar en Preferente. "Ya que nos han puteado, por lo menos viajaremos cómodos para llegar a gusto y de buen humor a Madrid, así no nos estropearán también el concierto", dijo. Pagamos los billetes en efectivo, con el dinero del merchandising de la noche anterior, y por un error del momento, las prisas y los nervios, acabamos comprándolos en Clase Club en lugar de Preferente. A todo trapo. Doscientos euros cada uno, más o menos.
Después paramos en la tienda del Barça. El hijo de Howe es forofo del Barça (es otra larga historia), y Howe aprovechó para comprarle un balón del equipo y algunos regalos para él y para sus compañeros de equipo en Tucson, que juegan con equipamiento blaugrana.
Llegó la hora de subir al tren, y al pasar el control preguntamos al personal de Renfe: "¿el coche 1, por favor?". "Es aquél del fondo... pero es Clase Club". "Sí, lo sabemos, gracias". Debíamos de hacer una extraña pareja: los dos sin afeitar, con el sombrero y las patillas; cargados hasta los topes, arrastrando aquella maleta imposible que se resistía a avanzar, con una pelota de fútbol bajo el brazo y una guitarra en la mano. Debíamos de hacer una extraña pareja, ciertamente, porque cuando llegamos al coche 1 la azafata de Renfe nos miró de arriba a abajo y me dijo "este es el coche 1, caballero". Nosotros también la miramos de arriba a abajo, le contestamos "sí, lo sabemos", y entramos hacia el vagón con aplomo y decisión.

************************************************************

Dentro del vagón, todo fue como una seda. Una vez hubieron comprobado que nuestros billetes eran válidos, las azafatas de Clase Club nos adoptaron como mascotas. Yo creo que nos dedicaban más atenciones que a los pocos ejecutivos con quienes compartíamos vagón, pero lo hacían sin hacerse pesadas en ningún momento. El viaje fue un placer de principio a fin. Se viaja bien, en Clase Club. Ahora les traemos un café, ahora una copa de cava. La comida -deliciosa-, "¿un poco más de vino, caballero?". Una copa de licor y luego otro café, con leche por favor; y mientras tanto Howe y yo nos íbamos relajando, contándonos historias, disfrutando del paisaje. Era en pleno invierno, mediados de diciembre, y al dejar atrás Zaragoza todo alrededor estaba nevado como en un cuento de Navidad. El paisaje era precioso, blanquísimo, con esa belleza invernal que se aprecia mejor si la ves a través de las ventanas, protegido por la calefacción.



Las azafatas nos dejaron incluso entrar en lo que vendría a ser la locomotora (¿cómo se llama ahora eso? ¿la cabina del conductor?): el tren iba tan rápido que los postes de electricidad se doblaban a nuestro paso, mientras corría velocísimo hacia un horizonte blanco que no parecía tener fin.



Nos enfrascamos en largas conversaciones: disfrutamos pasando tiempo juntos, hablando y contándonos historias. Fue el motivo principal por el que empezamos a trabajar juntos hace ya casi diez años, y lo disfrutamos ahora casi más que entonces. Estábamos en mitad de una de esas conversaciones cuando el tren se paró. Al principio no nos preocupó demasiado, a pesar de que estábamos rodeados de nieve por todas partes. Uno piensa que esas cosas ya están previstas y controladas por la tecnología moderna, y además ya estábamos casi a las puertas de Madrid. Pero, al cabo de un rato, empecé a mirar el reloj con el rabillo del ojo. ¿Llegaríamos a tiempo a la prueba?
Howe se dio cuenta de mi inquietud, así que dejé de disimular y llamé al técnico de sonido para avisarle: "oye, que igual llegamos directamente al concierto, o incluso hay que retrasarlo un poco", le dije. "Por ahora no avises a nadie, id avanzando con la prueba de sonido y, si veo que es seguro que llegamos tarde, te aviso de nuevo". Recuerdo que le dije a Howe, "todavía tenemos media hora para ir bien; si en media hora seguimos aquí, tenemos un problema". Tenemos como premisa, tanto él como yo, que no vale la pena preocuparse más de la cuenta cuando no hay nada que esté en tu mano para solucionarlo, así que nos dispusimos a relajarnos de nuevo y disfrutar, al menos, de esa media hora antes de tener que llamar a todo el mundo e incluso, quién sabe, tener que cancelar el concierto. Malditas regulaciones de Vueling y maldita falta de cintura de su azafata.
Pero fue decir esto y, poco a poco, como desperezándose, el tren fue poniéndose en marcha. No llegaba nunca a coger velocidad, pero íbamos avanzando. Como decía, ya estábamos casi entrando en Madrid, así que esa media hora que nos quedaba parecía tiempo suficiente para llegar, coger un taxi y aparecer a tiempo para el concierto. Le iba comentando estas cosas a Howe, diciéndole que una vez en Atocha teníamos que ser muy rápidos para salir del tren y coger el taxi a la sala, cuando me interrumpió una voz por megafonía.
"Calla", le dije, "esto nos interesa". La voz metálica decía que, debido al compromiso de puntualidad de Renfe con los pasajeros del AVE, y debido al retraso de más de media hora en el trayecto, la compañía iba a devolver el importe íntegro de los billetes a todos los pasajeros. ¡El importe íntegro!
Howe y yo, cómodamente sentados en nuestros asientos de Clase Club, pedimos dos copas de cava a nuestras simpáticas azafatas, nos recostamos y, sonriendo como niños a punto de estallar en carcajadas, brindamos por Vueling Airlines.

jueves, abril 14, 2011

"Mis sentimientos van en chándal", dice Melendi, y te entran ganas de pegarle un puñetazo en toda la boca. Mis reflexiones van en círculo, digo yo, obsesionado con la cultura popular y reciclando una y otra vez las dos ideas prestadas que forman la base de mi discurso.
Una de esas ideas recurrentes es, desde hace tiempo, que a la gente en general no le gusta la música. Eso suele enlazar con la crítica a los festivales como eventos sociales y festivos, entretenimiento de masas muy alejado del concepto de cultura (y eso no implica que los festivales me parezcan intrínsecamente malos, sino que no es el lugar para ver un concierto en condiciones).
Otro comentario circular e insistente en este blog es el que expresa la admiración por Ian F. Svenonius, una de las mentes más brillantes y uno de los intérpretes más carismáticos de la cultura popular anglosajona en las últimas décadas. Hace muchos años me pegué el gustazo de perder dinero llevándole a tocar con The Make Up a la sala Sonotone de Palma, y con el tiempo he tenido la inmensa suerte de convertirme en su agente de contratación en la península ibérica y organizarle giras y conciertos como los que protagonizará al frente de Chain & The Gang el mes que viene (¡no te los pierdas, su directo es toda una experiencia!).



¿Vamos atando cabos? El nuevo disco de Chain & The Gang se titula "Music's not for everyone". En el disco, y en las entrevistas promocionales, Svenonius embiste contra la omnipresencia de la música en la vida diaria, contra la música decorativa y el zumbido de fondo (la "musique d'emmeublement" de la que hablaba Satie) y contra esa convención social que parece convertir en obligatorio el placer de escuchar música a todas horas.
Ya llego al final, a la cita que ha provocado la reflexión de hoy. Se trata de una respuesta de Jean Genet a un periodista alemán: "Un día le pregunté a Boulez, que dirigía Daphnis et Chloé: 'No sé en qué medida su oído interioriza cada instrumento' y me dijo... Pierre Boulez me dijo: 'Tan solo controlo un veinticinco o treinta por ciento'; y es uno de los oídos más finos que existen, así que hay que prestar una atención enorme cuando se dirige una orquesta; y cuando se escucha, también. Aunque tengamos el oído menos fino que Boulez, hay que hacer un esfuerzo de concentración tan grande que, al menos personalmente, en un museo solo puedo ver dos o tres cuadros, en un concierto solo puedo escuchar dos o tres piezas, después... estoy muy cansado".
He empezado parafraseando a Melendi, voy a intentar arreglarlo parafraseando a Genet: en un festival solo puedo ver a dos o tres artistas. Otra cosa es el chequeo profesional, tipo voy-a-verme-veinte-grupos-hoy-en-el-SXSW, pero eso es como hojear rápidamente las páginas de un catálogo.
A lo que iba: a la gente no le gusta la música. Por eso los festivales están llenos y las salas, demasiado a menudo, vacías.

martes, abril 05, 2011

La semana pasada, dos de mis lectores más fieles (y además amigos por quienes siento una gran simpatía) reclamaron actualizaciones en este blog. Las urgencias de la vida moderna hacen que todo sea no solamente más rápido, sino más breve: Twitter se ha convertido recientemente en el depositario de mis ocurrencias, comentarios y tonterías varias. Ha ganado de calle a Facebook, sobre todo, porque en Twitter eres tú el que decide a quién quieres seguir. Además hay menos gente y menos spam.
En fin, que lo bueno de tener lectores fieles es que te reclaman, y en honor a ellos llevo días pensando que necesitaba una excusa para escribir algo aquí. Y esta mañana la he encontrado: es el nuevo disco de Paul Simon, que sale a la venta el 12 de abril y puedes escuchar en su integridad en la web de la radio pública americana, NPR.
La web de NPR es un medio magnífico para escuchar algunas novedades a punto de salir a la venta en el mercado americano: ahí he escuchado recientemente lo nuevo de PJ Harvey, de Bright Eyes... Y, sin ir más lejos, ayer mismo escuchaba el nuevo disco de Panda Bear y esta mañana el nuevo de Low, justo antes de pasar al de Paul Simon. Esta última sucesión es la que me ha llevado a actualizar el blog: los discos de Panda Bear y Low han pasado sin pena ni gloria por mi reproductor. El de Panda Bear sólo me hizo pararme una vez a comentar en voz alta "¡creo que se ha rayado el disco!", y del de Low recuerdo poca cosa, más que alguna ceja levantada cuando Alan Sparhawk se deja llevar por la electricidad y se pone burro.
En cambio, en la primera escucha del disco de Paul Simon (voy por la segunda) no he tenido más remedio que dejar cada dos por tres lo que estaba haciendo y pararme a escuchar: ¡esos arpegios de folk acústico sureño suenan a Fred Neil! ¡Esos arreglos de pianos y violines son puro Van Dyke Parks! ¡Esta canción me recuerda al mejor Randy Newman! ¡Y esa otra a Mark Lanegan! No hay rastro de africanismo (sí de gospel), se ve que la moda le da igual: ¿y qué van a hacer ahora Vampire Weekend?
A diferencia de dos discos que deberían hacerme ilusión e interesarme más, y a pesar de algunos trucos de producción (y de composición) que chirrían un poco más de la cuenta, esta mañana lo nuevo de Paul Simon me ha hecho pararme, escuchar, e incluso escribir esto aquí. Así de inmediato estoy últimamente, escribo a medida que lo pienso. Por eso paso más tiempo en Twitter.

viernes, enero 28, 2011

IB3 Ràdio, la radio autonómica de Baleares, ha despedido sin previo aviso al director del mejor programa musical (¿el único?) de la cadena. El motivo "oficial" es tan trivial que no vale la pena ni mencionarlo: baste decir que no hay motivo, y de hecho pienso que para lo que sí hay motivo es para una demanda por despido improcedente. Las empresas públicas deberían dar ejemplo y respetar al máximo los derechos laborales, no ampararse en subterfugios legales como obligar a los trabajadores a facturar como autónomos cuando su única relación laboral es con esa misma empresa pública.
En fin, mi artículo de hoy en la edición balear de El Mundo iba sobre eso, y creo que merece algo más de difusión (para los que ya no leéis prensa convencional):


La obsolescencia programada del Radiocassette

Señales de que el mundo se acaba (o al menos se está convirtiendo en un lugar aún más hostil), todas acaecidas en cuestión de pocos días: Marvel decide acabar con la vida de la Antorcha Humana; el diario Público suprime la tira diaria del dibujante Mauro Entrialgo; IB3 Ràdio prescinde de Marcos Jávega y su programa “Radiocassette”. Esas pequeñas alegrías que le hacen a uno la existencia más soportable: un joven eterno que vuela envuelto en llamas; un instante subversivo de humor inteligente cada día; un oasis de buena música en el aburrimiento perezoso de las tardes-noches del fin de semana. Todo se pierde, de un plumazo, como lágrimas en la lluvia.

Seré más prosaico: IB3 Ràdio decide prescindir fulminantemente del programa “Radiocassette” y, de paso, de su locutor, director, productor y hombre para todo, Marcos Jávega. Lo de los muchos cargos no es baladí, puesto que el hombre producía, ideaba y presentaba un programa que duraba seis horas diarias, los sábados y los domingos. Ni el Carrusel Deportivo dura tanto, ni los locutores más contagiosamente falsos de los 40 Principales le metían tantas horas al micro. A saber de quién fue la idea de colocar un programa tan largo en la parrilla, pero Marcos Jávega la aceptó e incluso la convirtió en algo bueno, en un compañero seguro, de los que no fallan, para las largas tardes del fin de semana.

Porque “Radiocassette” no era solamente una extensa prueba de resistencia (para el oyente tanto como para el locutor: por lo menos el primero podía ir y volver durante ese plazo, con la seguridad de que a la vuelta seguiría habiendo buena música en el dial). Durante años ha sido una garantía de calidad con entrevistas excelentes, actuaciones en directo en el estudio, programas especiales que eran titánicos estudios en profundidad sobre un artista o un disco especialmente destacable. Con un ojo puesto en la escena local, diseccionada con criterio pero también con voluntad de ayudarla a crecer, y el otro puesto en lo mejor de la música internacional, de hoy y de siempre. Uno ponía la radio mientras se afeitaba para salir, o conduciendo de vuelta de una torrada, o a punto de ducharse al volver de la playa, y ahí estaba Marcos hablando de Robert Wyatt, repasando a conciencia la discografía de Décima Víctima, entrevistando a Beach Beach. Didáctico, riguroso y entretenido, como la mejor información periodística traducida en acordes y letras de canciones.

Como ex trabajador de la emisora autonómica, conozco más o menos de cerca las maneras que se han venido utilizando a la hora de prescindir del personal o recortar sus derechos. En muchos casos el personal de la radio ha pasado muchos meses sin cobrar, ¡en una empresa pública! Da igual quién lleve las riendas, la actitud es la misma. Ahora Dani Bagur, el nuevo director, ha decidido acabar con el programa de Marcos Jávega y dejarle en la calle de un día para otro, negándole incluso la posibilidad de despedirse de su audiencia.

El primer impulso que tiene un político ante un medio de comunicación es cerrarlo. Lo hemos visto también estos días con la amenaza de cierre de Televisió de Mallorca (otra burrada sin sentido: si quieren ahorrar pueden empezar por sus sueldos, señores diputados). Si no es posible cerrarlo, por lo menos se debe intentar controlarlo y manejarlo. Normalmente, los programas de música escapan a ese control, y gracias a ello los aficionados hemos gozado de años de “Radiocassette”, y seguimos contando con el imprescindible “Bufet Lliure” de Celestí Oliver en Ona Mallorca. En realidad, sólo pedimos eso: que nos dejen en paz con nuestros discos y nuestros cómics. Por lo demás, pueden irse al infierno y arder como la Antorcha Humana. Sólo que ya nunca volverán a ser jóvenes, y nunca van a saber volar.