viernes, marzo 16, 2012

Este artículo ha aparecido hoy en la edición en papel del diario El Mundo - El Día de Baleares.


El Flexas ya estaba


La semana pasada entregué en la redacción un texto dedicado a la fiesta de despedida de la revista DP, y me dirigí al bar Flexas para celebrar aquella suerte de entrañable funeral, agridulce y emotivo. Fue un encuentro muy agradable, lleno de sonrisas, de abrazos y de recuerdos. Aunque la música siempre ocupó un lugar preeminente en los contenidos de DP, nada más llegar ya quedó claro que en esa fiesta no habría ni discos ni actuaciones: se ve que hay una ordenanza municipal que prohíbe de manera explícita la ambientación musical de cualquier tipo en todos los bares del casco antiguo. Han leído bien: el ayuntamiento de Palma prohíbe claramente cualquier tipo de música en todos los bares del centro. Yo tampoco lo podía creer.



Nos sobrepusimos, claro está. Al fin y al cabo, la excusa era presentar el libro que recoge todas las portadas que publicó la revista y reunir para ello al mundillo cultural de Palma. Y así fue, una reunión animada entre vinos y cervezas... hasta que llegó la policía. No eran ni las once de la noche, y no había música, así que el motivo por el que acudió la patrulla verde al bar Flexas el jueves pasado fue, simplemente, que los parroquianos hacían demasiado ruido. A las once de la noche. En un bar. Gente normal, que habla y que está contenta de encontrarse, que brinda y se saluda y comenta lo mal que está todo últimamente y ríe por no llorar. Nada de meterse rayas de coca o gastarse el dinero público en puticlubs con tarjetas a cargo del erario, no. Solamente hablar con una copa en la mano y alegrarse de estar juntos y con vida. Las cosas que hace la gente normal en un bar.

Apuntaba hace unos días el periodista y escritor madrileño Bruno Galindo (que estará este fin de semana en el festival de la palabra Live on Març, en Sa Possessió de Son Rossinyol) que, en su ciudad, hay locales que ya han recibido denuncias por programar monólogos. En Palma, rizamos el rizo del esperpento y prohibimos los diálogos. Supongo que, a nuestras autoridades, lo que les parece normal es estar en casa un jueves a las once de la noche. Qué se les habrá perdido en la calle a esas horas. ¡Algo malo habrán hecho! O quizá les parece bien que la gente salga, vale, pero que hablen por señas a partir de cierta hora. Me permito sugerir para este caso particular, ya que era un encuentro de modernos treintañeros, que chateen por whatsapp con sus móviles de última generación. Hasta ahí, bien. También se permite sonreír, siempre dentro de un orden. Pero que no hablen ni se rían a carcajadas, ¡eso, jamás!

Se ve que ni los vecinos denunciantes ni las autoridades castrantes recuerdan ya que el bar Flexas estaba ahí cuando ellos probablemente ni se atrevían a transitar por aquellas calles. Este bar, y los locales de las callejuelas colindantes, las ha visto de todos los colores. En el corazón del barrio chino se vivía en la calle, con las ventanas abiertas, con las putas en los portales, los marines buscando pelea y los yonquis agarrados a las paredes. Durante muchos años, y de eso no hace tanto, esa misma gente que ahora denuncia y multa no hubiera podido dar un paso por esas calles sin cagarse en los pantalones. Les recomiendo que lean Historias del barrio, el estupendo tebeo de Gabi Beltrán y Bartolomé Seguí, y refresquen la memoria. Por cierto, en sus páginas sale el Flexas, claro. Porque, como dicen los internautas sobre los políticos que se presentan como novedosos a pesar de llevar toda la vida, como dicen de gente como Arenas y Rubalcaba: el Flexas ya estaba.

1 Comments:

At 10:26, Anonymous Andrés said...

Muy buena reflexión, válida para Barcelona también. Vamos camino hace tiempo de lo que dicen de Italia los italianos: "el país de las mil reglas que nadie cumple", pero que permite a la autoridad tenerte enmarañado (lógicamente a quien pueden meterles mano, que somos los que generalmente cumplimos, a los otros nada pueden hacerles...), en una nebulosa de leyes en la que SIEMPRE estás saltándote alguna, y por tanto, a su albedrío.

 

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