lunes, julio 11, 2011

La vida transcurre en espiral. Sus círculos se alejan para, tarde o temprano, encontrarse de nuevo. Descifrar esas conexiones, identificar esos nuevos encuentros, es una de las cosas que más placer intelectual me producen. Cuando pasa eso, tengo que dejar de hacer lo que sea que me ocupe y me paro a disfrutar de ese momento.
La semana pasada estuve viendo a los High Llamas en el Teatro Lara de Madrid. El sonido era impecable, prístino. Si cerrabas los ojos, parecía que estuvieses escuchando un disco. Pero era mucho mejor mantenerlos bien abiertos para gozar de la visión de esos señores de mediana edad, concentrados en mantener la tensión justa, la precisión necesaria para que las canciones sonasen exactamente como tienen que sonar. Me pasó lo mismo hace poco con Ron Sexsmith, o con los músicos que acompañan a Matt Ward y a Zooey Deschanel en She & Him: me encanta ver a gente mayor tocando canciones de pop atemporal.
Mientras veía a Sean O’Hagan homenajear a los Beach Boys, por la vía de la bossanova y el filtro de Van Dyke Parks, recordé la primera vez que vi a los High Llamas en directo: fue en 1994, en Londres. Entonces yo vivía allí, y fui con mi amigo Jaime para ver al grupo principal de la noche (los High Llamas eran teloneros), el que era entonces uno de mis grupos preferidos y al que llevaba años deseando ver. Aquel cabeza de cartel era Giant Sand, y si me conoces o has leído este blog desde hace años, sabes que ese grupo acabaría cambiándome la vida.
Meses después volví a casa. Jaime también regresó, enamorado de la que aún es su esposa. Yo traté sin éxito y sin muchas ganas de acabar la carrera y, al poco tiempo, recibí una llamada de Luis Calvo, que enseguida sería mi jefe en Elefant Records: iban a organizar un festival en Benicàssim y, si quería, podía ir a trabajar ese verano.
Aquel doble concierto de Giant Sand y High Llamas fue en una sala mítica de Londres, alejada del centro. Su nombre era The Mean Fiddler. Luego se vendió, con el resto de salas y festivales pertenecientes al emporio del mismo nombre, pero en 1994 The Mean Fiddler pertenecía a Vince Power. Quince años después, Vince compró el festival de Benicàssim y se convirtió en mi nuevo empleador.
El miércoles, viendo a los High Llamas, pensé que no se había cerrado un círculo, sino tres a la vez, y esa idea me hizo sonreír.

1 Comments:

At 17:44, Blogger la señorita rottenmeier said...

De círculos de esos tengo yo un montón. Feliz FIB.

 

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